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Huánuco
24 octubre, 2020
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Opinión

NOSTALGIA, REALIDAD, DESAFÍO

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo 

El coronavirus ha cambiado la vida de los ciudadanos del siglo XXI. Que sea para mejorar o desnudarnos íntegramente lo que somos es una tarea diaria que explican y predicen los científicos, sociólogos, siquiatras, periodistas y opinólogos. En verdad, ya no somos los mismos; somos otros ciudadanos: caminamos por las calles con mascarillas, protector facial, con indumentaria propia de laboratorios de alta radioactividad, con un frasco lleno de alcohol para la desinfección permanente. El distanciamiento, entre uno y otro ciudadano, se ha convertido en una norma de cumplimiento riguroso para contrarrestar al covid-19. Lavarse las manos con jabón es obligatorio, aunque siempre debía ser así.  

Se ha levantado la cuarentena con la finalidad de reactivar ciertas actividades económicas y comerciales, pero la inmovilidad de los domingos está vigente. Claro, sin duda, es comprensible que hay miles de peruanos que necesitan trabajar para sobrevivir con dignidad, con alimentación, servicios básicos, educación para sus hijos y pago de deudas bancarias durante la pandemia. La vacuna contra el covid-19 va a demorar en llegar para inmunizar a 32 millones de peruanos. Mientras tanto, algo que tenemos que hacer para producir ingresos y atender nuestras necesidades urgentes. El estómago no da tregua un solo día. Un grueso significativo de peruanos sí tiene sueldo mensual que les llega puntualmente. En ellos no hubo mella ni perjuicio, excepto el vivir confinados en casa y hacer trabajo remoto, salir a divertirse los fines de semana y los domingos familiares. Sin embargo, muchas empresa públicas y privadas sí están haciendo trabajo presencial. Es el caso de los bancos, con los protocolos de salubridad respectivos. Hay que recuperar la empatía como un valor ético y social.

“Todo tiempo pasado   /  fue mejor”, escribió el poeta Jorge Manrique en el siglo XIV.  Si pues, hoy, a pocos meses de terminar el 2020, aparece de súbito la nostalgia por aquellos días sin covid-19. Entonces nuestras vidas eran normales, llevaderas, sin el fantasma mortal por todos los lados. Los hospitales tenían problemas de recursos humanos, infraestructura, abastecimiento de medicamento, pero se resolvía de modo ingenioso. Llegó el coronavirus y colapsaron. Así se demostró que el servicio de salud era precario, vulnerable, ineficiente. Los fines de semana íbamos a los centros comerciales para comprar a diestra y siniestra, cargando deudas a las tarjetas. Disfrutábamos un KFC suculentamente, chupándonos los dedos, chifa, pizza, comida de la selva, pollo a la brasa, hamburguesa robusta. Una visita a Rústica para comer rico, beber y cantar como un divo. Es decir, la pasábamos requeté bien. Nadie se interponía en la vida muelle, cómoda, de diversión, juerga como Dios manda en la fiesta. La visita a los familiares se hacía sin ninguna restricción.  Nos besábamos en la boca con pasión, los abrazos eran fuertes como de oso pardo. Los recreos de la campiña nos esperaban con los brazos abiertos. Podíamos conversa a 20 centímetros de distancia. Estornudar públicamente no era un peligro. Todo eso ha cambiado radicalmente. Solo queda la nostalgia. Recibiremos el bicentenario de la independencia junto al covid-19.

Hoy vivimos la mera realidad. No podemos hacer lo mismo que hacíamos antes. Miles de ciudadanos se han reinventado para sobrevivir. Han cambiado de actividad económica y laboral. Muchas casas se han convertido en bodegas, pequeños mercados. El delivery es el medio para comprar el antojito o para resolver la urgencia del almuerzo o la cena. Hoy todo es on line. Se han instalado mercados itinerantes para descongestionar el mercado principal de la ciudad. Los bajaj y taxis tienen una placa de plástico para separar un asiento de otro. La educación presencial ha sido reemplazada sin anestesia por la enseñanza remota. Unos pueden hacerlo con eficiencia; otros, simplemente, no reciben clases porque no tiene Internet, lap top, celular sofisticado, monitor ni radio ni televisor. Los profesores nos hemos adaptado (sin pensarlo dos veces, sin echarle mentadas de madre a la vida ni al covid-19) a las nuevas circunstancias.  Hoy estamos conectados con dolores feroces en la espalda y ardores de ojos a alguna plataforma virtual, desde donde solo vemos el rostro de los estudiantes, si es que tienen cámara, sino solo escuchamos su voz. La tecnología ha permitido que no estemos desconectados, que estemos virtualmente cerca. El zoom, por ejemplo, es el canal que sirve para conversar con los amigos, asistir a conferencias, presentación de libros, cumpleaños, conciertos, etc. Muchos entierros solo hemos podido asistir por el zoom. Médicos, enfermeras, policías y serenazgo aún están en la línea de fuego, en el campo de batalla, luchando contra el covid-19. Ellos merecen nuestra gratitud y admiración. Hemos perdido familiares cercanos en medio de esta pandemia. Esta es la realidad diaria, que no podemos negar. Hemos aprendido a convivir con el coronavirus.

Levantada la cuarentena, solo queda esperar que no haya un rebrote. Está en las manos de los ciudadanos cuidarse al extremo. Nadie mejor que uno mismo para cuidarse.  No lo va a hacer Vizcarra ni Locky Villavicencio. Plata se consigue. La salud es primero, sin ella no se puede hacer nada. Es el momento de demostrar que podemos practicar la responsabilidad ciudadana, la disciplina social y la empatía con el prójimo. El desafío, mientras haya coronavirus, es no infectarse ni infectar a los demás, no llegar al hospital; así vamos a sobrevivir. Al final del esfuerzo veremos que valió el sacrifico. Gritaremos a los cuatro vientos que estamos vivos para contar que sobrevivimos al covid-19.