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Huánuco
15 agosto, 2022

PEDRO

Escrito por Yeferson Carhuamaca

Una noche antes de la celebración de San Pablo, Peter andaba por las calles acompañado del Gordo R y Cajitas, los capos de la fe. La noche y sus canciones acribillaban los tímpanos de Peter, cual pelea de pandilleros en la subida de Loma Blanca, él había salido raudamente de la parroquia donde se había confesado por última vez como el “buen catequista que era”, sabía que no era correcto que le gustaran tres chicas a la vez y que además Diosito no lo permitiría ni la vieja catequista que era su coordinadora.

El gordo R y Cajitas lo esperaban en la laguna, cada uno había llegado a la hora pactada para la casería, estos dos también iban a la parroquia, como buenos parroquianos habían quedado ir en busca de nuevas almas para dar curso sobre la fe en Dionisos. Las aguas de aquella laguna se veían iluminadas con las luces de los antros que habitaban por esos lares, los árboles eran posadas de borrachos prostáticos que mantenían con “vida” a los que mueren siempre de pie y los peces de Coca Cola, Pepsi y de otras marcas nadaban a las orillas de la laguna.

Las sombras empezaban a colarse por las entrañas de las calles que tiene este lugar, todas ellas en busca de otras sombras, y ahí estaban ya reunidos estos tres feligreses en busca de una noche pecadora se sirva y que les sirva para poder volver a confesar sus resacas al padrecito.

El lugar elegido fue el de siempre, un local que tenía de todo, incluso virutas de madera en el piso como parte de una extraña decoración, el lugar era conocido como La taberna Guitarras, quedaba en el segundo piso de un local frente a una preciosa vista a la laguna de la ciudad, al subir por sus escaleras podías observar las imágenes de los iconos del buen Rock. 

Mientras los tres subían por las escaleras empezaba a sonar: Maroon 5 – She Will Be Loved, buscaron una buena ubicación y se decidieron por una de las mesas que daba al balcón.

Los tres querían embriagarse ese día, al Gordo no le iba bien en su carrera y la flaca que le gustaba no le hacía mucho caso; Cajitas, en cambio jugaba a dos cachetes, pero una de ellas ya se había enterado y se le venía la noche, Peter solo quería olvidar a su gran amor con la chata de ron y los cigarros. 

La mesera se acercó, era una chica muy linda, cabello negro lacio, ojos negros con sus respectivas sombras oscuras, pulseras de cadenas y un soberbio tatuaje de una mariposa en su hombro izquierdo. Con la carta de tragos en mano, empiezan a deliberar con qué embriagarse en esta noche, los tragos con nombres como la Leche de Lennon, el Demonio Ruso o el Beso de Madonna, abrieron la discusión y al final como buenos feligreses de San Pablo eligieron el suculento trago llamado el Demonio ruso.

Los demonios iban y venían, al igual que los temas de conversación, todo acompañado por la banda que tocaba esa noche, sonaba en esos instantes la Chata de Amén y todos la cantaban a pulmón. 

De pronto dos hermosas chicas se acercaron a la mesa donde bebían los feligreses, una de ellas con un tono sarcástico les preguntó si eran ellos los catequistas de la parroquia, y sin dudar, los tres lo negaron, negaron incluso ser de una religión, negaron ser cristianos para no quedar como zanahorias con las chicas que, después de la respuesta, se marcharon riendo a su mesa. A los tres se les caía la cara la vergüenza, porque no hace mucho estaban juntos en un retiro espiritual.

Ya de madrugada, sin efectivo y ebrios, los tres se levantaron de su mesa y salieron del lugar. El problema era que solo había una moto y ya no tenían dinero para poder tomar un taxi, —de madrugada no hay policías —dijo raudamente Cajitas, se subieron los tres a la motocicleta y enrumbaron hacia el sur. 

A una cuadra de su trayecto, un patrullero camuflado en las sombras los esperaba y, cuando pasaron por ahí fueron detenidos. El Teniente les hizo varias preguntas, y de pronto se acercó a ellos y les dijo que era el hermano Carlos de la hermandad de Pablo, y les preguntó si eran aquellos alegres catequistas de la parroquia y los tres asintieron a una sola voz: SÍ, el teniente, que era presidente de la hermandad de la parroquia; los liberó, con la condición que mañana en la fiesta de San Pablo se confesaran, ayudarán a bajar la imagen del santo a su anda, adornarlo para la procesión, limpiar el altar y cortar las flores del jardín. Los tres feligreses como buenos creyentes aceptaron y agradecieron a San Pedro y San Pablo porque aún haya gente muy devota y creyente.  

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