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30 septiembre, 2020
Actualidad Opinión

Salvemos a la educación

Jorge Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

La crisis educativa en el Perú, si bien no de las dimensiones, de las exorbitantes dimensiones, de la de índole política, es, hechas las sumas y restas, de no menor relevancia, de no poca preocupación. Cuestión esta que advertimos no solo cuando reparamos en los indicadores generalmente negativos, que respecto de los avances de la educación básica regular nos llegan de tiempo en tiempo desde el extranjero; sino también cuando, en virtud de alguna deleznable leguleyada (como la que se habría cometido en el caso de una conocida universidad de propiedad de cierto respetable excongresista), se cometen flagrantes atentados en contra de instituciones como la Sunedu, que, si por algo se viene caracterizando desde la aparición de la nueva Ley Universitaria en julio de 2014, con la que se crea, es por su indiscutible lucha en favor de la consecución de la anhelada calidad en la educación superior universitaria.

Responsable, hasta la fecha, de la denegación de la licencia institucional a diecinueve universidades privadas, entre las que se cuentan algunas de las más conocidas casas superiores de estudios de nuestro país, la Sunedu, como no podía ser de otra manera, se ha ganado en los últimos años más de un poderoso enemigo. Lo prueba el hecho de que, en más de una memorable ocasión, fue víctima de ataques y denuestos por parte de las sabandijas que hasta no hace mucho, y por una costumbre que aun ahora no alcanzamos a comprender, dábamos en llamar congresistas.

Con alrededor de cincuenta y cuatro mil alumnos que en menos de dos años tendrán que emigrar a otras universidades, pues las suyas ya no podrán seguir funcionando en virtud de la denegación de la referida licencia de funcionamiento, el tamaño del problema, visto desde la perspectiva de quienes tendrán que atravesar por el penoso trance de tener que buscar cobijo en otras universidades, no ha de resultar, por supuesto, nada pequeño. A todos ellos, y a los que en las próximas semanas de seguro que se les habrán de sumar, les diríamos que, habida cuenta de que su suerte ya está echada, les ha de quedar el consuelo de que, al menos, no culminarán sus estudios en instituciones cuyas credenciales académicas, decididamente cuestionadas, a la larga les habrían significado el egresar en condiciones deplorables y llegar a ser, andando el tiempo, profesionales mediocres.

En cualquier caso, cabe preguntarse y qué de quienes culminarán sus estudios en dichas universidades antes de que se cumpla el plazo para que cierren definitivamente sus puertas. Porque, si demostrado ha quedado que en esos centros de educación superior no existen las condiciones mínimas para que se ejerza una enseñanza de calidad, ¿cómo diablos se podrá garantizar que quienes serán sus “últimos” egresados, reciban la formación que realmente merecen? Por supuesto que no la recibirán. Pues sabiendo, como saben, que dentro de poco deberán cerrar sus puertas para siempre, es más que seguro que para estas universidades no será una de sus prioridades el cumplir como deben con sus todavía alumnos.

Otro tanto ocurrirá, aunque de momento a nadie parece interesarle el asunto, o simple y llanamente no se dan cuenta de ello, con los miles y miles de profesionales que, a lo largo de los años en que vinieron funcionando las universidades que ahora, por lo que ya todos sabemos, habrán de cerrar sus puertas, salieron de sus claustros. Porque es una verdad fuera de toda discusión el que no tardará en caer sobre ellos una suerte de inmerecido estigma, una especie de sambenito que conociendo como conocemos a nuestros compatriotas, utilizarán para desmerecer la calidad profesional de gentes que, a fin de cuentas, no tuvieron la culpa de que quienes les ofrecieron en un principio una formación superior de calidad, al final acabaron haciendo poco menos que estafarlos.

La educación peruana, lo decíamos arriba, se encuentra en evidente crisis. No debería ser esto, sin embargo, motivo para que quienes son los llamados a administrar justicia en el país, sumen en favor de que el referido estado de cosas continúe indefinidamente. Qué es lo que se pretende con la dación de una medida cautelar a cierta universidad, cuya licencia fue denegada, para que siga funcionando como si aquí nada hubiera pasado. Pues la lógica es simple: si le concedieron dicho recurso a una, ¿por qué no se lo habrían de conceder a todas las demás? Así las cosas, de nada servirá lo avanzado por la Sunedu; de poco servirá el haber salido airosa, en su momento, de los embates a que la sometió, y la pretendía seguir sometiendo, el fujiaprismo del a Dios gracias fenecido Congreso.

Los peruanos no podemos permitir que la corrupción meta sus sucias manos también en la educación. Algo, al menos, tiene que quedar incólume en este país. No todo puede estar manchado. No todo puede estar jodido. Salvemos a la educación, que será la única que podrá salvarnos a todos.