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Huánuco
24 septiembre, 2020
Actualidad Opinión

Se nos confundió el camino

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Nunca se ha escrito tanto como ahora. Y no hablamos ya, por supuesto, de libros, revistas o cualesquiera tipos de publicaciones similares a las referidas, que si por algo se caracterizan también, es por el incremento desmedido que han experimentado en los últimos años; hablamos de esa otra variedad de comunicación “proscrita” todavía de los ámbitos consuetudinariamente reconocidos como “académicos”; aquella cuyas características formales la acercan más a la oralidad que al discurso propiamente escrito; la que encontramos todos los días en la Internet, y que por su agobiante abundancia, por su abrumante copiosidad, por su angustiante profusión, nos lleva con cada vez mayor incidencia a la desconcertante conclusión de que, como decíamos al principio, nunca se ha escrito tanto como ahora. Lo cual, por supuesto, es poco menos que preocupante.

Y lo es porque, siendo la escritura que prolifera en la Internet, esto es, de manera fundamental, en las redes sociales, una escritura por lo general descuidada, desaliñada, desidiosa, lejos de constituirse en motivo de beneplácito debido a su desmesurado incremento, en lo que se convierte en realidad es en motivo de creciente desasosiego. Ello habida cuenta de que, si partimos de la premisa de que la escritura se ha ubicado desde siempre en un peldaño más arriba que la oralidad, por lo que a su capacidad de estructurar, de ordenar, de comunicar el pensamiento se refiere, no ha de ser difícil deducir que, si estamos como estamos en materia escrituraria, tanto más jodidos hemos de estar en cuestión de oralidad, y ni que se diga de pensamiento, facultad humana que cada vez más brilla por su ausencia.

El caso es que, muy al margen de que el soporte sobre el que se escriba hoy no sea ya el de la inveterada hoja de papel, “viejo” y “anticuado” recurso sin el cual era prácticamente inconcebible, hasta hace poco más de una década atrás, el cotidiano ejercicio de la escritura; resulta una verdad fuera de toda refutación el hecho de que jamás han corrido tantos ríos de tinta desde que se inventó la escritura, como los que hoy discurren, las más de las veces desbordándose, a través de los anchos y ajenos cauces de la Internet, “nuevo” y “desconocido” escenario en el que ha encontrado tierra fértil la que ha de haber sido para muchos, hasta no hace mucho, una actividad más bien anacrónica la tarea esta de convertir en palabra escrita el bullente caos del pensamiento.  

Así, ya sea que se las pretenda utilizar para fines elevados, como en vano buscan que ocurra algunos entusiastas del uso académico que se podría hacer de las redes sociales; o, contrariamente a ello, que se las emplee para la comunicación inmediata del día a día, como actualmente ocurre, una cosa es cierta: la lengua española se viene deteriorando a pasos tan agigantados, como no ha ocurrido ni en sus peores momentos, aquellos en los que el galicismo o, más recientemente, el anglicismo, llegaron a amenazar con convertirlo en remedo de lo que, gracias a Cervantes, a Quevedo, a Lope, podríamos decir que alguna vez fue.

Lo normal, dicen los partidarios de la evolución, es que el hombre cambie para mejor. Que, si tiene este que mudar de condición, de índole, de circunstancia, lo haga para desarrollarse; para que su paso de un estado a otro implique, a su vez y sobre todo, un verdadero cambio cualitativo. No ya lo contrario. De ninguna manera lo contrario. De ahí que, entendiendo como entendemos a la escritura, esto es, como un arte, como una actividad humana en virtud de la cual se plasma metódicamente lo pensado a través de recursos lingüísticos, no nos quepa en modo alguno el que una acción así asumida pueda desarrollarse de manera caótica, anárquica, desordenada, que es lo que sucede hoy con cada vez mayor regularidad a vista y paciencia de todo el mundo. Y no solo entre gentes semianalfabetas, vale decir, individuos que, por las razones que fueran, resultan signados como ignorantes, profanos, sin cultura; sino también entre personas dizque cultivadas, sujetos que, ya por la educación recibida, ya por la formación autoprocurada, se presume que deberían estar exentos de incurrir en aquello.

Pero no; lo “normal”, tratándose de los seres humanos, es más bien que hagamos lo contrario a lo que deberíamos. Lo que se evidencia, entre otras cosas, en que, como en el referido caso de que se trata, lo que solemos hacer es precisamente lo opuesto a aquello que por una cuestión de simple y elemental lógica estaríamos llamados a hacer: que, en vez de marchar hacia atrás, lo hagamos hacia adelante. El panorama, por supuesto, es desolador. Casi tanto como el hecho de que a casi nadie (y a nuestras desastrosas autoridades educativas menos que a nadie) parezca interesarle el grado de elementalidad a que estamos llegando en cuestión de escritura. Que la palabra oral fue anterior a la palabra escrita, es algo de lo que no cabe la más mínima duda. Que nuestro nivel de escritura esté acercándose cada vez más al de la oralidad, es a su vez indicativo de que en algún momento se nos confundió el camino, y comenzamos a ir hacia atrás.