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7 agosto, 2020
Actualidad Opinión

¿Uga, uga?

Jorge Farid Gabino González

No es el Perú, se sabe, un país en el que los servicios de telecomunicaciones sean los más óptimos de la región. Tenemos, de hecho, un altísimo porcentaje de habitantes cuyo acceso a la Internet es, por decir lo menos, limitado. Situación que se hace aún más crítica, si tenemos en cuenta que son esta suerte de “desposeídos” de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación quienes más problemas afrontan, también, para acceder a servicios tan elementales como los de salud y educación. Problemática que torna aún mayores las brechas que nos separan como peruanos.

Si además tenemos en cuenta lo particular, lo particularísimo, de nuestra geografía (que en otras circunstancias podrá constituirse en nuestra mejor carta de presentación, pero que en esta no), no será difícil que lleguemos a la inquietante pero realista siguiente conclusión: habrán de pasar todavía un buen número de años, antes de que la totalidad (o, cuando menos, la mayoría) de peruanos podamos acceder en condiciones dignas a la Internet, esto es, a las ventajas, a las bondades, a los beneficios indiscutibles que nos podría brindar nuestro contacto con la red.

Como sea, una cosa es cierta: aun cuando en el Perú tenemos las limitaciones que tenemos en materia de conectividad a la red, aun cuando dichos obstáculos están todavía lejos de poder ser superados, los peruanos, y sabrá Dios cómo y por qué, siempre parecemos encontrar la manera de salir airosos del problema, de sacarle la vuelta a la adversidad. Lo que se hace patente, por ejemplo, en el hecho de que en nuestro país haya más de cuarenta millones de líneas móviles activas, según el Organismo Supervisor de Inversión Privada en Telecomunicaciones (Osiptel). Deduciéndose de ello, claro, que ha de haber, si no el mismo número, por lo menos uno cercano de teléfonos celulares en manos de peruanos. Y habida cuenta de que somos alrededor de treinta y dos millones…, se podría decir, desde luego, que hay casi un teléfono móvil por cada habitante de este país. ¿Hará falta agregar que prácticamente no existe ya teléfono celular que no esté programado para hacer uso de Internet, y que, por tanto, no emplee dicho servicio?

Por supuesto que es obvio que quien hoy utiliza un teléfono móvil emplea también el servicio de Internet. Imposible no hacerlo. Lo sabe cualquiera que tenga dos dedos de frente y también, claro, las grandes corporaciones, que podrán ser todo lo inhumanas que se quiera, pero ciegas no son. No, al menos, a lo que a la consecución de sus objetivos se refiere. De ahí que echen mano con cada vez mayor asiduidad de la premisa de que quien no va acorde al avance de las nuevas tecnologías, ya fue. Y la verdad es que, en cierto sentido, hay que admitirlo, tienen razón. La cuestión no es tanto si les asiste o no cierta dosis de veracidad en el planteamiento de sus aseveraciones, sino cuáles podrían ser las consecuencias que a mediano o largo plazo podrían acarrearnos a los usuarios el uso indiscriminado de la Internet, sobre todo en lo que respecta a la protección de nuestros datos personales. Entendiéndose por estos, desde luego, mucho más que nuestro mero nombre y apellido.   

Viene a cuento, en tal sentido, el que reparemos en las enormes campañas publicitarias que desde hace unos meses atrás viene realizando uno de los bancos más grandes de nuestro país, a efectos de que nos subamos al tren del uso de las nuevas tecnologías en materia financiera; lo que solo podríamos lograr, según dicha empresa, si dejáramos de utilizar, de una vez por todas y para siempre, el anacrónico, el desfasado, el ya caduco papel moneda, y comenzáramos a emplear, mejor si a diestro y siniestro, el nunca bien ponderado dinero plástico, la bendita tarjeta. Así, quienes por obra u omisión continuaran sirviéndose del dinero físico se convertirían, según se deja ver en los pintorescos comerciales con que nos bombardean a diario, en poco menos que cavernícolas, individuos cuyas características simiescas, por lo demás harto conocidas, los harían merecedores de ser colocados, se deduce, al nivel de los más primarios animales, con las consecuentes limitaciones mentales que ello implica en los aludidos.

Lo preocupante del asunto es que son cada vez más las personas en nuestro país que, seguidas por lo que plantea el comercial de marras o por sabrá Dios por qué, utilizan la tarjeta para pagar cuanto bien o servicio tengan necesidad de adquirir. La pregunta es: ¿hasta qué punto la información que dejamos en manos de los bancos respecto de nuestros gustos, querencias o preferencias podrían, sin que siquiera nos enteráramos de ello, ser utilizadas para oscuras y siniestras maquinaciones? Y no es paranoia. Es una latente posibilidad.

Ya se vio lo que pasó en 2016, según The New York Times, con la información de más de cincuenta millones de usuarios de Facebook: su utilización con fines políticos para favorecer a Donald Trump. Conspiraciones al margen, y solo por si acaso, evitaremos usar la tarjeta cuando tengamos que adquirir productos o servicios cuya naturaleza se halle reñida con lo que se dice la moral y las buenas costumbres. No vaya a ser que acabemos, de contrabando, en la lista de potenciales votantes por el señor Moises Mamani, cuando a este le dé por postular a la presidencia del Perú. Una más que la otra, sí; pero ambas cosas son posibles, sobre todo tratándose de nuestro país.     

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