15.8 C
Huánuco
4 octubre, 2022

UN POEMA EN LA TARDE

Escrito por Jacobo Ramírez Mays

Son ya muchos los años que venimos recorriendo el mismo camino, respirando el mismo aire, escuchando las mismas canciones, tomando el mismo café amargo con la misma esperanza no menos amarga de que quienes algún día vayan a nuestro velorio también lo hagan.

La silla en la que te sientas ya tiene adoptada tu figura. Y en esta tarde en que la lluvia comienza a hacerse intensa, las hojas de los árboles se van mojando cada vez más; y algunas aves, que se ven sorprendidas de pronto por el aguacero, vuelan desesperadas a esconderse debajo de las ramas. 

Levantas tu pocillo, das un sorbo a tu café y me dices: «Es muy romántico tomar un café contemplando la lluvia». «Pues déjame decirte que no es menos tierno despedir la tarde escuchando caer la lluvia sobre las piedras y el tejado, y bebiendo café a tu lado», le respondo.

Contemplas el horizonte. Tu mirada expresa preocupación. Un pequeño suspiro sale de tu boca, pero solo para perderse, para difuminarse, con el sonido de un trueno. Apostaría mi mano derecha a que tu nostalgia es por aquellos que están lejos, y a quienes sé que amas más que a tu misma vida. Bebes tu café y veo unas lágrimas que circulan por tus ojos marrones. Salen apresuradas, como si estuvieran en una competencia, y surcan tu tez hoy castigada por la inclemencia del tiempo. Me miras y dices: «La vida se ha hecho dura. ¡Cuándo acabará todo esto! Ojalá sea pronto». Me quedo en silencio. Bebo mi café y contemplo la luz de un rayo. Mis oídos se quedan esperando poder oír el trueno, que no llega.   

Como no escuchaste la respuesta de mi boca, prendes la radio. No para que escuches las baladas de amor que antes escuchabas, y muchas veces incluso cantabas, sino para sintonizar la emisora donde transmiten noticias. 

Seguramente quieres saber cómo va el avance del virus mortal que recorre el mundo entero. Reconozco al locutor de la emisora, quien, no sé si por soberbia o morbosidad, alzando la voz a más no poder, como si fuera una gran noticia, manifiesta que se han incrementado los muertos en nuestro país. «No hay día que no muera una persona por ese maldito mal», me dices.

Continúas hablando como si lo hicieras con la soledad: «No creo que la vida que están viviendo algunas personas sea hermosa. Seguramente no tienen ni qué comer, mientras que nosotros, gracias al destino, como te gusta decir, tenemos qué comer, qué beber, dónde dormir; respiramos aire puro, contemplando la lluvia y escuchando el trino de las aves, mientras tomamos nuestro café. 

Somos afortunados, es cierto, pero más afortunados hubiéramos sido si nuestros hijos estuvieran junto a nosotros en estos momentos difíciles». Tu rostro vuelve a mojarse, y no es por la lluvia.

Una gota de lluvia, traída por el viento desde una distancia inimaginable, cae sobre mi cabeza. La siento fría, mientras recorre mi rostro. Se detiene cerca de mi boca, pero solo para lanzarse luego a toda velocidad por mi mentón, para después caer sobre mi pecho, en el que encuentra un poro por el que ingresa y se confunde con mi sangre. Llega a mi corazón. Se introduce como si de una navaja se tratara. Me punza con una fuerza brutal. 

Comienzo a sangrar. No quiero llorar, pero ya no soporto. Unas nuevas gotas de lluvia circulan por mi rostro, y una tras otra caen al piso. 

Acercas tus manos toscas y me acaricias. Tus dedos se ocupan de ellas. «Pongámonos fuertes, que no hay lluvia que dure para siempre. Ni siquiera está», me dices tratando de hacerme creer en la veracidad de unas palabras en las que ni tú misma crees. 

Te levantas, apagas la radio. Te llevas los cubiertos y la mesa queda completamente sola, como nosotros. Me levanto y mis manos cogen un libro, también solitario, de la biblioteca. Lo abro y leo el primer poema que encuentran mis ojos. Como siempre, no le falta razón a César Calvo cuando dice:

«Hoy las viejas palabras / de amor / bajo la luna /ni a nuestro peor carajo podrían compararse. / Pues / ¿Cómo decir: la vida que vivimos / es clara y es hermosa como el aire, / cuando todos los días es una mierda, / cuando todas las noches / nos asfixian, y hay alguien / que envenena la lluvias de las tardes?».

Cierro el libro, lo dejo sobre el mueble y salgo a contemplar junto a ti cómo la lluvia va dejando de caer.

Las Pampas, 04 de agosto de 2022

Publicaciones Relacionadas

LOS PRÓXIMOS CUATRO AÑOS

EditorAhora

LA IMPORTANCIA DE PARTICIPAR EN FERIAS INTERNACIONALES

EditorAhora

UNA GRAN DEVOCIÓN: ARCÁNGEL SAN MIGUEL DE HUÁCAR

EditorAhora

DESCONTROL DE GASTOS DE CAMPAÑA ELECTORAL VS VOCACIÓN DE SERVICIO

EditorAhora

¿Qué es una Startup?

EditorAhora

El principio de igualdad del Sistema Tributario: cambios necesarios

EditorAhora