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3 agosto, 2020
Opinión

Virgilio

Escrito por Andrés Santamaria Hidalgo

El próximo 05 de Junio, Virgilo estaría cumpliendo 84 años de edad, con tal motivo he querido rendirle mi humilde homenaje mediante el recuerdo de algunas de sus excelentes crónicas como son: A la gandola, Mamá calata, La fiesta Bermúdez, Machito, Don Ricardo Flórez, La pileta de la Plaza de Armas y Los Aguadores. Estas dos últimas en realidad comprendidas originalmente en una sola crónica titulada Rupico y que he tenido a bien compartir con ustedes a través de las redes sociales como el Whatsapp, el Messenger y en mi página Comentarios reales de Facebook. Espero haya sido de vuestro agrado.

Pienso que este pequeño homenaje es apenas un pálido reflejo de la obra monumental de Virgilio, tal vez no tengo la capacidad de hacer algo majestuoso como él se merece, pero tengo la esperanza que contribuya a lo que las instituciones, sus amigos y el pueblo en general puedan brindarle. Para ello existen diversas formas desde la lectura de sus crónicas, una misa de recuerdo, una actividad institucional, etc. Lamentablemente la coyuntura actual por la pandemia que vivimos no lo permita, pero posiblemente con un poco de esfuerzo, se logre algo cercano a todo ello.

En este marco de ideas sueltas tengo a bien proponer algo sustantivo que va requerir del consenso de la población huanuqueña pero fundamentalmente de la voluntad de dos instituciones tutelares de nuestra Región y de nuestra ciudad.  Me refiero a la Dirección Desconcentrada de Cultura y a la Municipalidad Provincial de Huanuco, no significando ello el aporte que puedan efectivizar otras instituciones tanto públicas como privadas.

En nuestra ciudad hemos tenido el acierto de titular calles con nombres de nuestro hombres preclaros que han destacado en la ciencia, el arte, la cultura y en la defensa militar de nuestra patria.  Tal es el caso de Hermilio Valdizán, Daniel Alomia Robles, Dámaso Beraún, Leoncio Prado etc. Pero nos hemos quedado en la historia, pues aún quedan muchas calles cuyos nombres son intrascendentes en los actuales tiempos, como por ejemplo los jirones Progreso y Constitución que no aportan nada para el recuerdo, el homenaje o la historia.  Por tal motivo propongo que una de ellas lleve el nombre de nuestro médico cronista, lo cual servirá para su permanente recuerdo y para evocar su obra en las generaciones por venir. El cambio de nombres a las calles no es cosa de otro mundo, se ha dado muchas veces y hasta en importantes arterias, tal el caso de la Av. Wilson en Lima que mudó a Garcilaso de la Vega o inversamente la antigua Av. Leguía por la actual Av. Arequipa. En Huánuco se cambió el nombre al jirón San Pedro por el de Leoncio Prado y es posible que todas las actuales hayan sufrido modificaciones.

Finalmente permítanme amigos una nota sentimental, que lo tengo atravesada en la mente y el alma desde la partida a la eternidad de Virgilio. Cuando estudiaba la secundaria en el Colegio Nacional Leoncio Prado, un profesor nuevo se presentó ante nosotros en el segundo semestre o sea después de las vacaciones de medio año. Nunca antes lo había conocido, no recuerdo bien los pormenores del caso, pero sí, por supuesto, de la inquietud que despertó en nosotros el curso de Música. El nuevo profesor era nada menos que Jesús Virgilio López Calderon.

En ese momento, al menos yo, no sabíamos que se trataba de un reciente ex alumno y hoy haciendo los cálculos, me pregunto cómo fue posible todo ello, pues nunca tuve la certeza de preguntárselo en cualquiera de las tantas conversaciones que solíamos tener ya sea en su consultorio o tomando el consabido cafecito donde Ortiz o en cualquiera de las tertulias que compartimos en cada ocasión. Me explico. Virgilio terminó su secundaria en 1954, es posible que el curso de Música lo hayamos llevado en segundo de media, o sea para mí, el año 1955. Si él había terminado un año antes, supongo que el siguiente, postulaba a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, facultad de medicina San Fernando. Por lo que no encaja en mi mente este desfase tratándose de un alumno tan aplicado como él.  Lo cierto es que nos enseñó nuestras primeras clases de dicho curso para lo cual asistía premunido de un violín.

En 1958 por razones de estudios me alejé de Huanuco y no supe mucho de él, salvo noticias esporádicas nada profundas, hasta que en la década de 1990, regresé, después de una ausencia intermitente de mas de treinta largos años.  Recuerdo que lo más relevante para mí fue el reencuentro con mis compañeros de estudios cuando asistí por primera vez a los festejos del Día del Colegio, un 24 de Mayo. Ahí alterné con Virgilio y sus compañeros de promoción que eran para mí como mis hermanos mayores, pues muchos de ellos fueron amigos de mi hermanos Romer y Artemia. Pero el verdadero encuentro se hizo esperar, solo lo veía en algunas ocasiones, hasta que un hecho muy apreciado por ambos precipitó nuestro encuentro real y afectuoso.  Yo escribía artículos para el diario AHORA del cual él era asiduo lector y un día cruzando la Plaza de Armas, lo vi detenerse en la esquina del ex Hotel para Turistas. Nos saludamos y me alentó con palabras de elogio para mis crónicas que en esos tiempos eran bastante críticas hacia el alcalde de turno por nuestra descuidada ciudad.

Luego de ese encuentro nos volvimos conversadores compulsivos, nuestras ideas concordaban como si nos hubiéramos puesto de acuerdo y sobre todo para mí, era una fuente inagotable de sabiduría y aprendizaje. Prácticamente eran tertulias de maestro y discípulo, pero en verdad éramos amigos.  Por extensión, participaban también compañeros suyos que radicaban en Huanuco, tal es el caso de Cesar Cangahuala, gran amigo nuestro y cuando venían los de Lima cada 24 de mayo, me convertí en una especie de compañero adoptivo de esa gran Promoción 1954 llamada pomposamente Promoción ‘Ramón Castilla y Marquesado’

Disfrutamos reuniones sociales y culturales, fiestas tradicionales en los pueblos cercanos, como la fiesta de San Miguel en Huacar, cada 29 de septiembre o las del 30 de Agosto Santa Rosa de Lima patrona de Tomayquichua.  Virgilio era mayordomo vitalicio de la fiesta de San Sebastián en Huanuco y en Tomayquichua, que según la tradición daba apertura a los tradicionales carnavales. Por tanto cada 20 de enero nos trasladábamos en caravana hasta este lugar a cumplir primero con la misa y la procesión para luego pasar al almuerzo que culminaba con el juego de carnavales con agua, talco y serpentina.

En la fiesta de San Miguel de Huacar o en cualquier otra, nunca llegamos donde el mayordomo de turno, a Virgilio no le gustaba , me decía que van a pensar que hemos ido a mendigar un plato de comida, prefería visitar las casas y negocios que en la puerta lucían letreros anunciando Pachamanca, picante de cuy, locro de fiesta. Ahí nos ubicábamos en un lugar estratégico y junto con otros amigos del lugar o visitantes departíamos de la sabrosa comida típica, remojando la garganta con chicha de jora o espumantes cervezas. Mucha gente al reconocerlo,  se acercaba a saludarlo y con cada uno de ellos había que brindar.  Era un deleite que hoy comprendo más que nunca, que no tiene precio.

Al solicitar mi jubilación del Ministerio de Agricultura el año 1990 regresé a Huánuco a hacerme cargo de la panadería Santa María que habían dejado alquilado mis padres, pensaba quedarme solo unos cinco años porque en Lima quedaban mi esposa y mis hijos, pero me quedé hasta el 2002, lapso en el que sucedieron todos esos hechos.  Pero francamente añoraba estar reunidos con mi familia, algunos de mis hijos ya tenían los suyos y yo apenas los veía de vez en cuando. Por tanto ese año traspasé el negocio y volví a mi hogar.  Sin embargo no me desligué del todo de Huanuco, seguí escribiendo para el diario AHORA y regresando con cierta frecuencia. En estas escapadas de Lima era un deleite volver a ver a Virgilio, lo primero que hacía es ir a visitarlo en su consultorio y esperar su hora de salida para reiniciar nuestras charlas cada vez más amenas.

Mis colaboraciones con el diario AHORA fueron ininterrumpidas hasta el 2013 año que me enfermé y dejé de hacerlo. Ya no tuve deseos de seguir escribiendo y tuve un lapso de casi dos años de no hacerlo, hasta que Virgilio me pidió por favor que siga escribiendo, que ello me hacía bien y que mucha gente me extrañaba entre ellos él.  Me sentí sumamente halagado por sus palabras llenas de sinceridad y volví a escribir, no con la frecuencia de antes, pero escribiendo al fin, y mucho más incentivado por el pedido de toda una personalidad como Virgilio. Hasta que nos abandonó. Créanme pero el sentimiento que afloró en mi además de una profunda pena, fue la de una traición. Reacción algo inaudita, pero así lo sentí.  No podía haberse ido así porque así, de un momento a otro.

Yo estaba en Lima, no tuve la fuerza de viajar para asistir a su sepelio, pensé que era inútil hacerlo porque iban a aflorar en mi todas esas cosas vividas, sobre todo la de conversar alrededor de una taza de café con prestiños o empanadas, o con su consabido sanguche de jamón y cebolla que era su preferido. Gracias Virgilio, siempre estás conmigo.

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