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Huánuco
18 enero, 2021
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Opinión

Y LLEGA LA NAVIDAD

Escrito por: Jacobo Ramirez

Ya llega la Navidad; y, como hacía tiempo que no la veía, decidí ir visitarla. Mi corazón se aceleró y, como dice el principito, comencé a disfrutar del encuentro minutos antes. No tenía regalos ni flores ni chocolates ni caramelos en las manos; solo mis ojos tenían el deseo de verla. Después de golpear las rejas de la casa donde vive, me abrió la puerta. Salió corriendo a abrirme cuando me vio por la ventana.

Vi su cuerpito pequeño, sus ojitos casi cerrándose, ojos de donde sé que han salido lágrimas que unidas podrían formar un riachuelo. Me sonrió y me invitó a pasar. Quise correr a abrazarla y besarla, pero me detuve; quise llenarla de besos, pero había una pared transparente que no me lo permitió. La saludé moviendo las manos, la mascarilla no permitía ver mi sonrisa de oreja a oreja por la dicha de verla. En mis ojos sentí una lágrima que quiso salir, pero la detuve. No quise sentarme en el sillón; opté por inclinarme a un costado del nacimiento, que está con los animales, pero sin el niño Jesús. Imaginé que su corazón también se encuentra así, vacío, esperando a que sus hijos nazcan y la llenen de felicidad, pero sabe que no será así.

Ella se sienta y me sonríe, cruza sus piernitas delgaditas, y veo en ellas las huellas que algunos golpes y heridas le han dejado marcadas. Observo sus pies ligeros, que anduvieron por diferentes partes y que seguramente chocaron con diferentes piedras, desde guijarros hasta rocas, pero que no la detuvieron. «Me zumba la cabeza», me cuenta desde el lugar donde está sentada. «Estoy tomando unos medicamentos, y me estoy sintiendo mejor», continúa contándome. Abre sus bracitos y bosteza y entonces quiero correr a abrazarla sin que me importe nada, pero el suelo me detiene.

La miro e imaginariamente me voy a donde está ella, acaricio su rostro y cuento las arrugas de su cara. Sé que son las que más dolor y sufrimiento le han dado; busco la más profunda y larga, la encuentro, debe de ser la mía. Entonces la froto, quiero borrarla con la mano, pero es imposible. Le doy un beso en la frente, y me recuesto en su falda. Ella siente mi cabeza sobre sus piernas, y pasa sus manitas delgadas, primero sobre mi cara, luego sobre mi cabeza. Me la acaricia. Pasa sus manitas sobre mi cara, y en medio del silencio me dice: «Te estás arrugando muy rápido, y no tienes nada de cabello. Me recuerdas cuando eras bebito», sonríe. Me levanta la cabeza con esas manos que han cocinado miles de veces para propios y extraños, y acercándose me da un beso en la frente. Siento su aliento de vida, su adoración, su cariño, su amor de madre.

Me levantó despacio porque no quiero golpear su cuerpo que ahora parece frágil; acaricio su cabello corto, la miro, la adoro y me veo de nuevo acuclillado en donde estuve antes. Le cuento sobre mis hermanos, sonríe y sé que le hace bien. Entonces imagino que su corazón se alegra porque sus hijos comienzan a nacer, una vez más, ahí.

Me levanto y me tengo que despedir, de nuevo quiero abrazarla, pero esta vez son mis lágrimas las que no me lo permiten. Me mira un poco entristecida y, levantando la voz, le digo que la quiero mucho. Ella sonríe, parece que no me ha escuchado, le muevo las manos, despidiéndome. Ella hace lo mismo, y su rostro se pone triste. Salgo, subo al carro, y mis lágrimas no me dejan conducir. Me detengo y grito sin que nadie me escuche: «Ya llega la navidad, madre bendita, y tus hijos que nacen a cada rato en tu pesebre te desean mucha dicha y felicidad».

P.D. Que tengan una feliz Navidad todos los que siempre están leyendo esta columna. Mi gratitud eterna.

Las Pampas, 24 de diciembre de 2020