La primera jornada del debate presidencial dejó una imagen inquietante: 11 candidatos en escena, muchas acusaciones cruzadas y muy pocas respuestas concretas para un país que votará en menos de tres semanas.
La noche del 23 de marzo no fortaleció la democracia peruana. La debilitó. Lo que debía ser un espacio para contrastar propuestas serias sobre seguridad, corrupción, empleo, educación y Estado terminó convertido en una vitrina de ataques personales, frases efectistas y promesas improvisadas. La primera jornada del debate presidencial organizado por el Jurado Nacional de Elecciones confirmó, con crudeza, la pobreza política de una campaña que parece más preocupada por el impacto inmediato que por la construcción de un proyecto de gobierno.
No se trató solo de un problema de formas. Fue, sobre todo, un problema de fondo. El país escuchó anuncios grandilocuentes sobre mega cárceles, expulsiones, pena de muerte, disolución del Congreso, nuevas entidades de control o reformas radicales, pero casi ningún candidato explicó cómo ejecutaría esas medidas, con qué recursos, dentro de qué marco legal y en cuánto tiempo. En política, prometer sin sustento no es audacia: es irresponsabilidad. Y eso fue precisamente lo que predominó durante buena parte de la jornada.
Más grave aún fue la naturalidad con la que varios postulantes sustituyeron el debate por el agravio. Hubo silencios ante preguntas directas, acusaciones sin desarrollo, desafíos personales y discursos finales más cercanos a la arenga que a la argumentación. Ese tono no solo empobrece la discusión pública. También ofende a una ciudadanía golpeada por la inseguridad, la extorsión, la precariedad de los servicios públicos y la pérdida de confianza en las instituciones. El elector no necesita un espectáculo. Necesita claridad.
Desde la mirada de Diario Ahora, lo visto en Lima no puede relativizarse como una simple “dinámica de campaña”. Es un síntoma grave del nivel de representación que hoy ofrece una parte importante de la clase política. Cuando un debate presidencial se vuelve una sucesión de golpes verbales y ocurrencias, lo que queda expuesto no es solo la fragilidad de los candidatos, sino también la precariedad del sistema que los produce. Y eso resulta especialmente alarmante en un país que arrastra años de inestabilidad, presidentes caídos, confrontación entre poderes y una creciente desconexión entre la política y la vida real de la gente.
El JNE cumplió con organizar el encuentro y garantizar reglas básicas de participación. Pero el orden del formato no bastó para asegurar calidad democrática. Si el mecanismo termina premiando el exabrupto, la frase viral o el ataque rápido, entonces el resultado puede ser formalmente correcto, pero políticamente insuficiente.
Todavía quedan cinco jornadas. Aún hay margen para corregir el rumbo. Pero la primera dejó una señal dura: la campaña presidencial está hablando demasiado de los candidatos y demasiado poco del país. Y cuando eso ocurre, la democracia pierde sentido para el ciudadano común, que sigue esperando algo elemental: gobernantes capaces de comprender la gravedad del momento y actuar a la altura de él.










