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10 abril, 2021

“El dilema social” ¿Somos ratas de laboratorio?

Hay una chica que se mira en un espejo. Tiene una expresión insípida en su cara, pero algo no está del todo bien. Sigue tocándose el pelo como si quisiera empujar sus orejas. Ese mismo día, alguien compartió un emoji de elefante en una de sus publicaciones en las redes sociales. “¿Pueden ser tus orejas más grandes?”, preguntó la persona en un comentario.

Ahora sí. Mirándose en el espejo, ella empuja su oreja de nuevo como una lágrima cae por su cara. Sientes el dolor que está experimentando por lo que probablemente fue una broma.

Lamentablemente, no es una broma. Esta es una escena del documental El dilema social en Netflix y es una de las películas más importantes que la compañía ha estrenado, especialmente si tienes hijos.

El documental expone algunas verdades duras. Utiliza términos como capitalismo de vigilancia y refuerzo positivo intermitente que, honestamente, si no sabes lo que significan, entonces ya puedes ser arrullado en la trampa de la miel. Puede que ya estés atrapado en una.

“50 diseñadores, todos hombres blancos de entre 20 y 35 años, toman decisiones que afectan a 2000 millones de personas en todo el mundo”, afirma Tristan Harris que era uno de esos 50 todopoderosos cuando trabajaba para Google y hoy trata de convencer a los otros 49 del nefasto impacto de sus creaciones. Tal vez sea demasiado tarde, porque, como propone el documental, estos nocivos efectos nunca fueron accidentales. La adicción, la inseguridad, los bulos o la polarización que generan las redes no son fallos de estos diseños. Son objetivos predefinidos de los mismos, hitos de una hoja de ruta, piezas orquestadas para conseguir el fin último con el que todas estas plataformas fueron creadas: “conseguir arrebatarnos todo el tiempo posible de nuestras vidas”, como afirma Tim Kendall, exdirectivo de Facebook.

“Los medios de comunicación social no son una herramienta que sólo espera ser utilizada”, dice Harris. “Tiene sus propios objetivos y tiene sus propios medios para perseguirlos usando tu propia psicología en tu contra.”

Las plataformas de redes sociales están vivas y tienen sus propios objetivos

En otras palabras: La herramienta está viva. Te conoce. Te está alimentando con información que crees que quieres y necesitas pero en realidad está provocando acción y clics como una forma de alimentar la publicidad.

El documental no suaviza los golpes. Se refiere a nosotros como ratas de laboratorio de una manera que ya no es divertida. Todos somos ratas en este momento. Pensamos que se trata de conseguir queso como recompensa y que es inofensivo, pero hay mucho más en juego. No estoy seguro de que lo sepas, pero la mayoría de las ratas de laboratorio no viven una vida larga y fructífera.

El documental entra en las aulas de la Universidad de Stanford ―donde estudiaron muchos de los directivos de las grandes tecnológicas y también el propio Orlowski― y muestra cómo en las clases de esta prestigiosa universidad se enseña a crear productos capaces de condicionar nuestro subconsciente, de modificar nuestras conductas sin que seamos capaces de percibirlo. La forma en la que recibimos las notificaciones, el gesto de deslizar el dedo hacia abajo para ver las actualizaciones o la manera de presentar las noticias están pensados para generar comportamientos adictivos de los usuarios (como afirma uno de los entrevistados, la tecnología y la droga son los únicos sectores que denominan así a sus clientes). Algo similar ocurre con los contenidos. Estos gigantes tecnológicos saben perfectamente que las noticias falsas se extienden más rápido que las verdaderas, generan más clics, más atención y por lo tanto más dinero en sus cuentas de resultados. Por eso las campañas de Facebook o Twitter contra las fake news son como si las campañas antidroga las lideraran Pablo Escobar o Sito Miñanco (que también tienen su hueco en la parrilla de Netflix).

Inicialmente trataron de convencernos de que las redes sociales eran un ágora, un nuevo espacio público para la opinión y el encuentro. Pero cada vez es más evidente que no son una plaza sino un centro comercial con las puertas escondidas para que no podamos salir y en el que, además, no somos los clientes sino los productos. Solemos creer que las redes sociales son gratis pero no es así, lo que ocurre es que pagan otros. El documental plantea un interesante debate sobre por qué pagan esos “otros”. Qué es lo que realmente venden estás plataformas a sus anunciantes. Soshana Zuboff, profesora emérita de Harvard y autora deLa era del Capitalismo de vigilancia, propone que venden certeza. El perfilado que hacen de nosotros permite a las marcas conocer con total precisión nuestro comportamiento. Somos conejillos de indias de un enorme experimento de marketing.

Jaron Lanier, pionero de la informática en Atari y de la resistencia a las redes en el imprescindible Contra el rebaño digital, va mucho más lejos. Según este analista y escritor, lo que estas plataformas ofrecen a las grandes empresas es la capacidad para cambiar poco a poco nuestros comportamientos, nuestras creencias y hasta lo que somos. Y cuando uno ve lo que las redes fueron capaces de hacer en la campaña de Donald Trump o luego en la del Brexit o la polarización política que están creando en medio mundo, uno no puede dejar de pensar que el poder de estos gigantes de los datos va mucho más allá de personalizar la publicidad o anticipar nuestros deseos y que cada vez se acerca más a la capacidad de crearlos. Porque cuando acabe El dilema de las redes y Netflix, inmediatamente, nos sugiere el siguiente documental, tal vez estaría bien preguntarnos si acierta lo que nos gusta o es que ya nos gusta todo lo que acierta. Y todo, para mantenernos pegados a la pantalla.

Sabemos que estamos haciendo demasiado clic. Sabemos que es cautivante. Un simple paso a considerar: Revise su celular ahora mismo y sus aplicaciones. ¿Cuál de ellas está captando toda tu atención en este momento?

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